«Anocheció Madrid que parecía cubierto del cristal más transparente que estaba amaneciendo de repente con tanta claridad como de día. Luces vivas sus calles repartían poblando la ciudad, más que de gente, de destellos de luz resplandeciente que el aire embelesaban de alegría. El cielo miró arder desde su abismo, como un diamante en negro terciopelo Madrid, alma encendida a su espejismo: ciudad nocturna en urna de su hielo, Narciso enmascarado de sí mismo, y Eco, muda de asombro, el mismo cielo» José Bergamín